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Cuento entre los favores del
destino haber conocido a Ismael Mundaray hace algunos años
y poder franquear la puerta de su taller muy a menudo. Es mas
bien un hermoso portón de doble hoja, de hierro macizo,
que da paso a un espacio que dentro de su funcionalidad respira
un gran equilibrio, revela a un artista que respeta su obra
tan hondamente como la hace. Mi primera mirada va siempre a
una pared alta que, sirviendo de soporte para los lienzos de
Ismael, está surcada por miles de huellas dejadas durante
casi 20 años de trabajo intenso. Y allí encontré
en mi última visita uno de sus nuevos “Horizontes”.
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La obra de Ismael
Mundaray siempre gira en torno al fenómeno de la pintura
y tiene como una columna vertebral el sentido del espacio, la
idea de reflexión. Los motivos eternos de su concepción
de arte son la pureza de la línea, la discreción
del colorido, la valoración de los detalles que dan expresión
sin insistir – todo lo que hace del arte síntesis,
depuración y refinamiento. Lo que me impacta en estos
nuevos trabajos es su luminosidad. Nada es del todo opaco –
todo parece permeable. La luz acentúa suavemente los
volúmenes de los objetos, las superficies se vuelven
infinitas. Con la luz que está en los colores degradados
o matizados surge como una tercera dimensión, una profundidad
ilusoria, lo que me lleva a la metáfora del horizonte
como una ilusión. |
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“Sigue
mi interés por la memoria, el olvido, el tiempo, la presencia
humana en ausencia, los objetos como vínculo entre nuestro
mundo imaginario y la realidad”, me explica el artista,
sentado sobre un banquito bajo, cóncavo que es parte
de su hermosa colección de piezas de arte tribal africana,
mientras yo camino entre sus lienzos extendidos en el piso.
“Sin embargo – continúa – en este último
trabajo me encuentro mucho más libre con respecto al
espacio. Ya no estoy dentro de la casa, sino estoy afuera, entre
el cielo y la tierra, sobre la arena, sobre la hierba con sus
ocres, verdes, amarillos, óxido rojos, marrones, tierra
de siena natural...
Trato de plasmar la relación del hombre con el exterior,
su posesión del dominio de un campo de acción
que me permite tener una presencia humana invisible –
es decir, dentro de mi retrospección interior hacer lo
invisible visible en estos espacios que se abren, extendiéndose
hacia el horizonte, donde la tierra y el cielo se confunden".
“¿Entiendes?” me pregunta.
Me viene a la mente la afirmación del maestro Alejandro
Otero: “La importancia de una obra estriba en la exacta
relación de expresividad que hay entre sus componentes
(formas)... Cuando las formas han sido manejadas por un gran
artista, poseen tal fuerza de convicción, que el espectador
es capaz de quedar sin aliento por algo que lo fascina, sin
alcanzar a comprender por qué.”
Es exactamente esto lo que experimento esta tarde de un domingo
en el taller de Ismael Mundaray. Contemplo sus obras que a veces
parecen frescos sobre lienzo. Son una especie de mise en scene,
discreto, inteligente. Admiro sus pequeñas Stilleben
– naturalezas muertas flotando en los espacios –
que evocan la relación indefectible que existe entre
los objetos, la muerte y la vida.
Pienso que los cuadros no terminan en los bordes. Surgen otros
espacios de acción y de meditación que conllevan
ciertas exigencias hacia el espectador: es preciso, ver los
“Horizontes” de Ismael Mundaray con el ojo de la
vista y el ojo del
espíritu.
Lieselotte Venter
Octubre de 2003
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